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Wilfrido Muñoz@username
Economista, Magíster en Comunicación Estratégica y Especialista en Comunicación UASB; conductor de radio presentador de noticias y entrevistador. Productor musical.

“El hombre contemporáneo: entre la renovación y el abismo de la soledad”

Por: Wilfrido Muñoz

Un día mientras visitaba Nueva York, con su ritmo impetuoso, fachadas iluminadas, de multitudes cruzándose en las avenidas (muestra de la multiculturalidad), me ha acompañado una pregunta persistente: ¿qué significa ser hombre hoy en día? Al observar gente acelerada tras bastidores, detrás de los teléfonos, de los trajes y de las apariencias cuidadosamente construidas, percibo una complejidad que exige reflexión, aceptación y transformación. Al caminar por estas calles coincides y te identificas con tipos vestidos con esmero, que cuidan su imagen, su salud: gimnasio, alimentación, estilo, estética. Pero también advierto en cafés, en el tren, en rostros que ríen precariamente, la sombra del aislamiento. Muchos están lejos de sus familias, otros trabajan largas horas para sostener costosas rentas o enviarlas a casa. Esa exigencia de ser fuerte, competente, elegante, puede volverse un arma de dos filos si no podemos mostrar la vulnerabilidad.

Algunos datos que encontré: en los Estados Unidos, alrededor de 17 % de los hombres han recibido tratamiento o consejería de salud mental el último año. Según Statista, aun así, la tasa de suicidio entre hombres es casi cuatro veces la de mujeres. Sobre desempleo: entre los hombres en edad productiva en Estados Unidos, se ha observado una caída sostenida en la participación del mercado laboral; sectores tradicionales han sido erosionados por la automatización, la globalización, crisis económicas sucesivas. De acuerdo con Business Insider más del 22 % de los hombres han vivido periodos prolongados de desempleo (long-term unemployment) a lo largo de sus carreras, cifra mucho mayor en hombres negros o hispanos con menor nivel educativo.

En las sociedades contemporáneas, el hombre vive un tiempo de paradojas profundas: por un lado, la exigencia de reinventarse, de cultivarse, de asumir roles que antaño parecían estar fuera de su alcance; por otro, la amenaza constante del aislamiento, la inseguridad y la fragilidad institucional. Parafraseando a Slavoj Žižek esa figura del hombre moderno representa un cruce de sendas entre responsabilidad, transformación personal y la búsqueda de sentido, pero también del vacío silencioso que acecha detrás de lo visible.

El hombre de hoy ya no se define únicamente por su fuerza física, por la provisión material o por la adhesión a modelos tradicionales. Ahora debe cultivar su imagen personal con esmero: cuidado del cuerpo, hábitos de salud, autoexigencia estética. Al mismo tiempo, se le exige una competencia intelectual renovada: estar actualizado, responder a retos técnicos, ambientales, sociales; tener capacidad crítica, una mirada ética, la responsabilidad de cuidar no solo de sí mismo sino de otros. La filosofía contemporánea recuerda que el hombre es “un proyecto” en proceso permanente, no una entidad fija (Heidegger habla del ser humano como “Dasein”, un ser-en-el-mundo, en constante devenir). Además, muchas de estas exigencias recaen sobre quienes hemos tenido que salir de nuestros hogares desde temprana edad, huyendo de circunstancias económicas, sociales o familiares. Algunos crecimos con modelos de independencia prematura, de madurez forzada. Otros, seguramente nunca imaginaron asumir tareas domésticas, cuidado de hijos o liderazgo emocional en el hogar, hoy descubren que ese rol también les pertenece, no como “ayuda”, sino como responsabilidad compartida.

Soledad, salud mental y desafíos existenciales

New York, con su densidad, no es inmunizante contra el aislamiento; paradoja urbana: ciudades llenas donde la gente puede sentirse absolutamente sola. A veces tengo la impresión de que todos navegamos pantallas, redes sociales, selfies, construyendo nuestra mejor versión pública, mientras las dudas, los miedos, la ansiedad quedan guardadas, invisibles.

Cuando un hombre sin empleo asume responsabilidades que nunca soñó: cuidar de los hijos, del hogar, de la salud emocional de quienes ama; cuando él, además, intenta sostener la apariencia de solidez, de éxito: esa carga puede ser sobrehumana. Muchas culturas todavía enseñan que un hombre debe resistir, no llorar, no mostrar dolor. Ese silencio hiere. Esta transformación de roles va acompañada de un peso psicológico que pocas veces se nombra con claridad: la soledad. No es lo mismo estar físicamente solo que sentirse solo. Filósofos como Jean-Paul Sartre sugieren que la libertad humana lleva consigo una dosis inevitable de angustia ante la responsabilidad absoluta de elegir. Cuando cargamos con la expectativa de éxito, con la presión de cumplir, de no fallar, sin redes de contención emocional suficientes, la salud mental flaquea.

En un estudio reciente (RSA, “Fatherhood, Family and Work in Men’s Lives”), se observa que los hombres que combinan trabajo con vida familiar experimentan profundas tensiones entre lo que se espera de ellos culturalmente y lo que internamente sienten que deben aportar. Muchos de ellos asumen roles domésticos, de cuidado, sin necesariamente haber sido educados para ello, lo que genera disonancias internas: cuidarse a sí mismo, cuidar a otros, mantenerse productivo, mantener relaciones afectivas, todo al mismo tiempo.

La soledad también se hace ontológica, para usar la categoría que el Rav Soloveitchik desarrolla en The Lonely Man of Faith, quien distingue entre el estar solo y el sentirse solo, entre “aloneness” y la sensación de “ontological loneliness” —esa conciencia de singularidad interior que choca con la incomprensión exterior. Esa dimensión espiritual o existencial del hombre moderno con frecuencia queda fuera de los discursos técnicos de salud mental, del trabajo social, de la política pública.

Fragilidad económica, desempleo y redefinición de sentido

El mercado laboral no brinda certezas. Muchos hombres, en distintos lugares del mundo, afrontan desempleo, subempleo o empleo inestable. Esa fragilidad económica repercute no sólo en la posibilidad de cubrir necesidades materiales, sino en la autoestima, en la percepción de ser útil, respetado, digno. El desempleo o la precariedad alteran estructuras familiares, roles de género, expectativas propias y de quienes les rodean.

Cuando un hombre asume responsabilidades de cuidado —niños, ancianos, hogar— sin respaldo social ni reconocimiento, se produce un desgaste personal. No es solo la carga física o el tiempo: es la exigencia emocional, la atención al otro, lo que muchas veces va invisibilizado. Ante este panorama el pensamiento filosófico y ético resulta urgente. Pensadores como Emmanuel Levinas plantean que la responsabilidad hacia el rostro del otro es el origen de la ética; cuidar, escuchar, reconocer al otro en su vulnerabilidad es también un cuidado de sí mismo. Al adoptar estos valores, el hombre moderno puede renovar su sentido y su propósito. Asimismo, Simone de Beauvoir señalaba la libertad como proyecto, pero advertía que la construcción social de lo masculino lo encierra aún en roles que pueden ser opresores, incluso para los que los ejecutan. Renovarse implica reconocer lo aprendido, lo impuesto; cuestionarlo; desaprender para reaprender.

Este momento histórico, con sus fragilidades, ofrece también una oportunidad de renovación profunda. El hombre contemporáneo está llamado a integrar sus roles: ser proveedor no debe ser el único papel relevante; ser cuidador, afectivo, presente. Está llamado a responsabilizarse de su salud mental, a derribar el silencio que lo obliga a cargar solo los dolores, la ansiedad, la duda.

El hombre moderno es figura compleja, plural, atravesada por contradicciones: fuerza y fragilidad, responsabilidad y miedo, imagen pública y soledad interior. Pero no es una figura condenada al abismo. Al contrario: puede convertirse en puente entre generaciones, en agente de cambio social, en ser humano más integral. La renovación académica, la apertura emocional, el cuidado de sí y de los demás, la justicia en los roles: son senderos hacia una masculinidad que honra la vida, la vulnerabilidad, la esperanza. Caminar hacia esa transformación no es renuncia, sino afirmación de humanidad. Quiero imaginar un hogar donde los niños vean a su padre abrazar, llorar, conversar. Un hombre que asume el deber de cuidado con orgullo. Que se permita aprender, errar, crecer.

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